sábado, 2 de diciembre de 2017



París, hoy en día

 

Uno

 

El lento traqueteo del ascensor distrajo a Patrick. Era uno de esos viejos aparatos de fierro trabajado, con puerta corrediza, molduras de madera oscura y un espejo ya opaco por los años, que subía y bajaba al costado de las escaleras. No quedaban demasiados de esos en París. Se observó de reojo en el espejo. Quizás fuera por la poca luz o a causa de los días en vela, pero la imagen que vio fue la de un hombre muy cansado. Estaba acostumbrado a trabajar bajo presión. Pero las últimas dos semanas habían sido extrañas, tensionadas, agotadoras. A pesar de ello, a sus cuarenta años todavía mantenía el estilo de viejo deportista y el cabello oscuro intacto. Solo alguna arruga le marcaba la frente y los costados de los labios.

Había estacionado a pocos pasos de la puerta del edificio. A esa hora, unos minutos luego de las seis de la tarde, era un milagro encontrar dónde dejar el auto. Quedó en verse con Marie Claire en su apartamento de la rue Jacob. La había llamado en la mañana, cuando ella estaba dando clases en el Conservatorio. En forma muy escueta, como era su costumbre, le indicó que pasara por su casa a esa hora y colgó.

Debe seguir enojada conmigo, pensó Patrick mientras el ascensor comenzaba a frenar al llegar al piso cinco, el último. Se conocían desde hacía no más de tres años. El flechazo fue casi instantáneo. Se cruzaron en la exposición de los Stradivarius, invitados por el curador de la muestra. Ella, a esa altura, ya era una pianista de fama muy extendida en Europa y solía ser invitada a muchos acontecimientos culturales, no solo porque su nombre realzaba cualquier evento, sino porque su belleza clásica y elegante podía alegrar hasta el velatorio del personaje más querido de la ciudad.

Patrick abrió la puerta del ascensor y la luz se encendió en el corredor. Con una carpeta apretada bajo el brazo, avanzó unos pasos hasta la puerta del apartamento de Marie Claire. Dudó unos instantes antes de tocar el timbre. En realidad, no sabía si estaba haciendo lo correcto.

La última vez que estuvieron juntos, en ese mismo piso parisino hacía algo más de dos meses, ella le había echado con gritos destemplados. Había descubierto que Patrick le era infiel. Una foto suya tomando una copa de vino blanco con una modelo española en la exposición de pinturas de Jean Claude Olivier, aparecida en el sector de fiestas y eventos de una revista de moda, fue suficiente para que la pianista armara una tormenta. Patrick se defendió negando todo. Por supuesto, bien sabía que la noche con la modelo había sido una de las mejores de su vida. Pero cuando, acorralado y con toda calma, le recordó a Marie Claire que ellos no tenían ningún entendimiento formal, vale decir, que ellos no eran novios ni nunca lo habían sido, que siempre se habían dado todas las libertades posibles y que él sabía de su romance con un colega del Conservatorio de Música y nunca se lo había reprochado, la mujer, pálida de la ira, se limitó a señalarle la puerta con un dedo tembloroso.

Esa madrugada, Patrick se retiró pensando que a veces se gana y otras veces se pierde. Pero ahora la situación era distinta. No estaba retornando para pedir disculpas ni para reiniciar un romance siempre tormentoso con la diva del piano, sino que estaba ahí para consultarla en virtud de su profesión.

Esperó un instante, tocó el timbre y la puerta se abrió.

Como en una película de los años de oro, Marie Claire Vandemberg le recibió vestida con un robe de chambre estampado con arabescos azules, un cigarrillo en una mano y todo el hielo del universo en sus ojos. Rita Hayworth con el pelo corto, se dijo Patrick, sabiendo que junto a su maestría para interpretar los Études de Chopin, la mujer podía desplegar una maldad casi asesina usando su belleza como arma letal.

-         Hola… - dijo Patrick.

Por toda respuesta recibió un imperceptible movimiento de su cabeza, indicándole que entrara. Le dio la espalda con indiferencia y dejó a su invitado la tarea de cerrar la puerta.

-         Conoces la casa – dijo Marie Claire con voz neutra – Si quieres servirte algo de tomar, ya sabes dónde está el bar. Yo vuelvo en un momento.

Patrick la vio desaparecer por el corredor que daba al dormitorio, avanzó unos metros, se quitó la gabardina y se dejó caer en un sillón de tres plazas, mullido y muy amplio. Se aflojó la corbata y con los ojos cerrados hizo un pequeño paseo por su memoria. Los olores de ese apartamento lo transportaban a jornadas de placeres gloriosos y conciertos íntimos, a largas noches en vela hablando de mil cosas distintas, a peleas y reconciliaciones. Pero ahora esos recuerdos los sentía como si pertenecieran a otra persona.

Al abrir los ojos, descubrió a Marie Claire sentada en otro sillón individual. Nada parecía haber cambiado en ella. Vestía el mismo robe de chambre; pero ahora iba descalza y con el pelo mojado. Su porte de una elegancia natural sin igual podía cortar el aliento. Estaba igual, salvo que su mirada era otra. Ahora le taladraba con los ojos.  No es Rita, se dijo Patrick, sino Sharon Stone: solo falta que cruce sus piernas. Al igual que ella, la pianista no llevaba nada bajo su bata.

-         Te quedaste dormido – dijo ella – y aproveché para ducharme.

-         ¿Me dormí? Disculpa…

-         ¿Qué te trae por aquí? Ni pienses que te he perdonado. Te he recibido solo porque dijiste que era un asunto urgente. Bien, te escucho.

No es buena mintiendo, pensó Patrick.

-         Jules Marivaux… - dijo, al fin, casi en un susurro.

Solo decir ese nombre produjo un cambio casi imperceptible en el rostro de la mujer. Quizás Patrick era una de las pocas personas que podía darse cuenta de esa leve mueca, mezcla de miedo y placer, que por un instante se dibujó en el rostro de Marie Claire, un destello en los ojos muy lejos de la frialdad y la distancia que habían tenido antes de mencionarlo. Ella reparó, por primera vez en la velada, que su ex amante estaba pálido y ojeroso y que tenía un ligero temblor en la mano izquierda.

-         ¿Qué con él? – preguntó la pianista, tratando de recomponer, sin éxito, su pose de lejanía.

-         No es una historia corta – contestó Patrick – pero trataré de ser escueto.

-         Tengo tiempo.

Patrick Eszterhazy era uno de los mejores investigadores en el mundo del arte. Se divertía presentándose a los desconocidos como “detective privado”. Siempre lograba rodear su figura con un halo de misterio, truco que se desvanecía no bien entraba en detalles, ya que el rubro de su profesión no era el de los asesinatos y crímenes pasionales sino el del robo y autentificación de obras de arte. Había comenzado a trabajar como mandadero en Grangier & Radiguet, una de las mayores firmas de subastas de obras de arte, especializados en documentos antiguos, libros incunables y manuscritos originales. Al poco tiempo, uno de los investigadores que mejor conocían su oficio, Pierre Lopez, francés de tercera generación de inmigrantes españoles pero que conservaba el apellido casi inalterado, le tomó bajo su protección. Junto a él, Eszterhazy aprendió los rudimentos del arte, a distinguir caligrafías, estilos, texturas de papeles antiguos, conocer la historia de los artistas y de imitadores y falsificadores geniales. Tanto conoció y tan bueno fue su aprendizaje, que al tiempo de retirarse Lopez por edad, Patrick ocupó su lugar.

Una tarde, hacía unos quince días o poco más, regresó a su oficina en la casa de subastas, una amplia habitación con el techo en bovedilla y un ventanal a la calle por donde entraba el sol de la mañana con mucha generosidad, y encontró una nota en su escritorio, escrita por su jefe directo Radiguet, nieto del fundador de la casa. En esa nota le indicaba que se presentara cuanto antes en la casa del conde Stanislavski, quien había fallecido hacía pocas semanas.

Los Stanislavski eran una de esas familias antiguas que habían protagonizado la historia social del país desde hacía más de un siglo. Igor Vasili Stanislavski, el conde original, había emigrado desde su Rusia natal mucho antes que los bolcheviques echaran a perder la revolución que derrocó al Zar Nicolás. Los emigrantes rusos, en especial aquellos que pertenecían a las familias más encumbradas de la nobleza, no guardaban en aquel entonces muchos recuerdos de algún conde Igor, y algunos murmuraban por lo bajo que se trataba de un impostor o un advenedizo que compró un título para legitimar y dar realce a su fortuna. Esta era una práctica muy común en esos tiempos. Luego de la caída del Zar, cuando muchos nobles rusos emigraron a países del occidente europeo, la familia del conde Stanislavski ayudó a más de uno que huyó de su tierra natal con una mano delante y la otra atrás.

Poseedor de una inmensa fortuna hecha en el comercio de ultramarinos y en el contrabando de piedras preciosas, sus descendientes se habían encargado de dilapidarla. La historia de siempre. Personas que desde la cuna lo tenían todo en cantidades desmesuradas, a quienes se les inculcaba esa vieja idea de la rancia aristocracia de que trabajar es una tarea para el vulgo. Los Stanislavski crearon a su alrededor una historia de desmesuras y gastos faraónicos propias de un folletín.

El bisnieto de Igor, Jean Jacques, fue quien recibió a Eszterhazy en la sala de su palacete, una casa muy antigua de muros de piedra en la Isle de Saint-Louis. El estado de abandono era muy avanzado, reflejo de la situación en la cual el conde había fallecido. En la sala donde esperó veinte minutos a que Stanislavski le recibiera, faltaban algunos muebles y quedaba el recuerdo de varios cuadros cuyos contornos el tiempo había dibujado en la pared.

-         Yo conocía al viejo conde, de un tiempo antes que reventara – murmuró Marie Claire al encender su tercer cigarrillo, sin haber cruzado todavía las piernas – Me ofreció un anillo de diamantes si le daba un concierto privado, solo para él… Por supuesto que le dije que no necesitaba indicarle dónde podía guardar su anillo.

Jean Jacques Stanislavski, el último de su linaje por ser soltero y sin hijos conocidos, era un hombre altivo, de mirada arrogante y modales fríos. Apenas saludó con un “buenas tardes” a Patrick, quien se quedó con la mano extendida unos segundos más a fin de que el otro se viera en la obligación de saludarle con mayores formalidades. Era un juego que Eszterhazy hacía muchas veces cuando se topaba con tipos como el que tenía delante.

-         Reciba usted mi pésame por la muerte del conde. En Grangier & Radiguet apreciábamos mucho a su padre.

-         Guarde sus saludos, señor Eszterhazy. Ni usted ni sus jefes conocían a mi padre.

Un golpe inteligente, directo a mi mentón, pensó Patrick.

-         Le hice venir a usted porque su fama le precede, y necesito que investigue un documento que mi padre tenía guardado en su biblioteca. Sígame.

Al final de un corredor con ventanales que daba a un jardín interior, pasaron a un inmenso salón que otrora albergaba una biblioteca de grandes dimensiones, ahora bastante menguada. Los anaqueles vacíos atestiguaban necesidades perentorias de dinero fácil.

-         Como puede ver, casi no queda nada de la famosa biblioteca privada de mi bisabuelo. Si quiere husmear luego y ver si hay algo de valor, es libre de hacerlo. Pero para lo que usted está aquí es por esto.

Al final del salón, luego de unos pequeños sillones que invitaban a sentarse y leer días enteros, había un gran escritorio de madera oscura, labrado con el primor de antiguos artesanos cuyos secretos se habían perdido. Había un par de libros antiguos en un costado, apilados sin orden aparente, y en el centro una carpeta de piel oscura.

-         Antes de mostrarle estos documentos, – dijo Stanislavski señalando la carpeta – quiero preguntarle qué sabe usted sobre Jules Marivaux.

La pregunta tomó por sorpresa a Patrick.

-         ¿Marivaux, el compositor?

-         El mismo.

-         No más que el conocimiento medio. Fue uno de los últimos clásicos, vivió hasta casi finales del siglo XIX aquí, en Paris. No sé mucho sobre su vida…

-         Nadie sabe mucho de su vida. Parece que el tipo era muy escurridizo. Su vida privada no me interesa realmente. Lo que sí me interesa es el contenido de esta carpeta.

Stanislavski la abrió y extrajo unos documentos, indicándole a Patrick que se acercara. Los tomó y descubrió que se trataba de una partitura, una música para piano, varias hojas escritas sin tachaduras ni enmiendas, con una prolijidad y claridad sorprendente, como si el compositor tuviese la melodía tan bien definida en su cabeza que no necesitara correcciones y solo bastara con transcribir las notas sobre los renglones para que el trabajo estuviera hecho.

-         Sospecho, señor Eszterhazy, que este es un original de Marivaux. Tengo entendido, por lo que he podido averiguar, que muchas de sus obras manuscritas se han perdido o han quedado escondidas en manos de privados esperando que un día alguien las descubriera. Si este es el caso y este documento es original, espero que ustedes puedan establecer un valor y, por supuesto, ofrecerlo a quien desee adquirirlo. Si resulta ser una falsificación, no me sorprenderé. Hacer pasar mentiras por verdades no es un monopolio de los políticos ni de los abogados.

Luego de firmar un recibo previamente preparado por Stanislavski y cargar sin mucha convicción con unos libros que el conde le indicó que podían servirle en su investigación, Patrick retornó a su oficina. Ahí, comenzó a preparar los detalles de los documentos que, por medio de un abogado, Stanislavski firmaría para otorgar a Grangier & Radiguet la responsabilidad en el estudio de los documentos que ahora tenía en custodia, estudio que incluía algunas investigaciones de laboratorios para establecer la edad y procedencia del papel y la tinta, y de tratarse de un documento auténtico, la exclusividad en su venta en subasta pública.

-         No es mucho lo que sé sobre Jules Marivaux… – dijo casi para sí misma Marie Claire.

-         Yo tampoco. Comencé consultando en internet, en páginas especializadas. Los datos no eran más que los que te he contado. La vida de Marivaux está plagada de lagunas, de inmensos espacios vacíos. Por momentos es como si se lo tragara la tierra. Una vez, el tipo dio un concierto fallido, le abuchearon y desapareció. Nadie acierta a explicar dónde se escondió por casi 9 años, pero al retornar logra presentar una sinfonía que resulta ser un éxito arrollador.

-         Su Sinfonía Nr. 1 es una pieza única… ¿La has escuchado alguna vez? – preguntó Marie Claire.

-         Si, la escuché… – contestó Patrick, con la mirada perdida.

Las notas que había tomado no le llevaban a ningún lado. Todavía estaba muy al comienzo de su investigación. Sólo había podido establecer que el papel en el cual se había escrito esa música era original, que su color y textura coincidían con los que se usaban a fines del siglo XIX en París. Algo amarillento, un poco arrugado en los bordes y con la tinta ya tornando del negro al verde oscuro, el documento se había mantenido en muy buenas condiciones, guardado en una carpeta de cuero repujado, con adornos dibujados en dorado y un cierre metálico, poco usual en esos tiempos. La caligrafía coincidía con la que pudo comparar de las pocas partituras que se conocían de Marivaux, y de un par de cartas que estaban guardadas en los archivos del Conservatorio.

-         Tus colegas músicos no fueron de gran ayuda, Marie Claire. Se mostraron muy reticentes a la hora de hablar sobre Marivaux o de describir su obra. Uno de ellos, el profesor Dubois, que conoces bien, se refirió a Marivaux como un compositor maldito… No quiso saber nada con una partitura original, no se mostró interesado en que una nueva composición de uno de los genios clásicos se conociera. Es más: me sugirió que destruyera estos documentos y que me olvidara del asunto.

-         ¿Por qué viniste? – preguntó Marie Claire con brusquedad.

-         Necesito saber si esto es verdadero, que me des tu opinión como concertista y profesora de si esta composición es original o si es una falsificación.

Tomó la carpeta, la abrió y extrajo la partitura. Patrick, siguiendo un impulso romántico, cometió la falta de extraer los originales de la caja fuerte de su oficina para presentarlos a su antigua amante. Un extraño aroma a pergamino añejo brotó de entre las hojas. Marie Claire tomó el documento, se acomodó en su sillón y comenzó a leer la melodía. Patrick no se dio cuenta que las manos que sostenían la partitura a poca distancia de los ojos comenzaron a tener un muy ligero temblor. Cuando cruzó sus piernas, el robe de chambre se abrió un poco, sin que ella le prestara atención.

Como si Patrick se hubiera disuelto y su presencia en esa sala fuera solo un recuerdo, Marie Claire se dejó atrapar por su lectura. Patrick se recostó en el sillón que tantas veces les había servido para amarse. Sentía los ojos cansados y un persistente dolor en la nuca. Los analgésicos nada habían logrado para aliviarlo. Esas semanas, desde que tenía en su poder la partitura de Marivaux, las noches de insomnio se habían sucedido una tras otra, y en las raras ocasiones en las cuales lograba conciliar algo de sueño, extrañas imágenes se le aparecían, de manera de sentirse, al despertar, más cansado que antes.

Marie Claire se puso de pie. Siguiendo un impulso, mientras tarareaba la melodía casi en silencio, se dirigió al piano. En la sala había un Bösendorfer de cuarta cola, de un color marrón oscuro, que un afinador mantenía en su justo punto una vez al mes. Caminó despacio hacia el instrumento, mientras el robe de chambre se deslizaba por sus hombros hasta quedar tirado a los pies de la butaca, como un gato somnoliento.

Existen esos momentos de magia, instantes que se prolongan y cobran vida más allá de la voluntad, en los cuales uno vive y muere miles de veces antes de darse cuenta que el tiempo no se ha detenido y que lo irreal se puede confundir con la vida real, de manera de no querer volver nunca más a este mundo de dolores y de olores nauseabundos, de cuentas para abonar y de amigos que pueden traicionar si la paga es buena. Son esos momentos en los que el hechizo de una mirada, el movimiento de un cuerpo o el sonido de una respiración agitada pueden tener más fuerza que un ejército en maniobras. Son esos instantes en los que uno puede darse cuenta que vale la pena vivir así, aunque más no sea una vez y luego morir en paz, para poder decir que uno no ha vivido en vano.

Marie Claire se sentó con elegancia en la butaca, como si estuviera frente al auditorio abarrotado de una sala de conciertos. Con ademán concentrado, colocó la partitura en el atril del piano y dejó que sus dedos se deslizaran al azar sobre las teclas, ensayando apenas una melodía extraña y nunca antes escuchada.

Luego de una pausa de segundos, atacó. Sus dedos cobraron vida, sus piernas se tensaron, su espalda se arqueó y de sus manos surgió una melodía frenética, viva y envolvente como ninguna. Esa música era absolutamente arrobadora. Patrick sintió que todas las emociones del mundo estaban contenidas en esa partitura. Su autor había logrado un grado tal de perfección, que obligaba a quien escuchara la música a vagar por la memoria de sus sentimientos, por aquellos recuerdos sutiles que dejan una marca apenas legible y por los otros, esos que pueden hacer estallar de ira, rabia, dolor o morir en vida por el amor más apasionado. Como si un oscuro demiurgo hubiese sido conjurado por esa melodía, se hubiera materializado ahí mismo y le estuviera tomando por el cuello con una mano fuerte, pesada e implacable, Patrick sintió que comenzaba a faltarle el aire, que la luz a su alrededor se desvanecía y que la tierra se abría en un abismo bajo sus pies.

Casi tambaleando se acercó al piano. Marie Claire seguía tocando, repitiendo la variación en distintos ritmos y cadencias. Patrick la observó como en un sueño. Recordó la primera vez que la vio desnuda, luego del encuentro donde los Stradivarius. Fue también junto al piano, de madrugada, luego de una cena ligera y varias copas de vino. Esa noche Marie Claire, luego de hacer el amor sobre la alfombra, se levantó y tocó el Nocturno 72 de Chopin, su pieza predilecta. Sentía tal amor por esa melodía, le provocaba sentimientos tan profundos y sensaciones tan sensuales, que nunca la ejecutaba en público. Decía que le daba vergüenza que alguien pudiera darse cuenta que, al tocarla, hacía grandes esfuerzos por seguir la melodía y no interrumpirse con un orgasmo.

Esa noche, Marie Claire no se interrumpió. Sus bucles, de un rubio anaranjado oscuro, bailaban al compás de su cuerpo. El rostro estaba contraído en una mueca de éxtasis, los ojos cerrados con fuerza y la boca, entreabierta, dejaba escapar un grito sordo, primitivo y vital. Hacía ya un rato que no daba vuelta las páginas de la partitura. Sin embargo, sus dedos seguían arrancando melodías exquisitas, variantes de una primigenia, como si conociera la obra de toda la vida. Su frente estaba perlada con gotas de sudor, su cuerpo brillaba como si se hubiera untado con aceites aromáticos y sus senos bailaban sin control una danza milenaria.

De repente, sucedió lo imposible. Sus brazos se tensaron, sus manos quedaron suspendidas sobre el teclado del piano como las garras de un ave de rapiña y del fondo de su garganta surgió un grito parecido al rugido de un gato enorme, que se prolongó casi por un minuto. Al abrir los ojos, Marie Claire respiraba con dificultad. Resoplaba como si hubiese corrido una carrera de obstáculos. El sudor le había mojado el pelo de tal manera que lo tenía en buena parte pegado al cráneo.

Temblando, se puso de pie. Había dejado un charco en la butaca. Lloraba, pero no había señal de dolor en su rostro encendido.

-         Vete de mi casa… - dijo con voz ronca y entrecortada.

Patrick se acercó. Descubrió que los ojos de la mujer le miraban de una manera extraña. Como si un miedo antiguo o una pesada angustia se hubiera instalado en su alma. Quiso decir algo, pero un ademán de Marie Claire le paró en seco.

-         Vete. Llévate esa partitura contigo y no vuelvas nunca más. ¡Jamás! Y quema esos papeles. ¡Quémalos!

En silencio, Patrick retiró la partitura del atril del piano y la guardó en su carpeta. Una voz desde muy adentro le sugirió que dejara a la mujer en paz, que ya habría otra ocasión de hacer preguntas y recabar respuestas. Algo en el tono de Marie Claire le dijo que esos papeles que le había presentado habían cambiado por completo su mundo y toda la relación que les vinculaba. Antes de salir, tomó su gabardina y miró a la pianista. Seguía de pie junto al piano, como una estatua de desgarradora belleza, mirando al vacío que había al otro lado de la ventana. Su aire ausente, como si su alma hubiera volado a otro mundo, acompañó a Patrick hasta el ascensor.

Al salir del edificio, caminó unos pasos en dirección a su auto. Colocó la carpeta en el asiento del acompañante, se acomodó el cinturón de seguridad y encendió el motor. No llegó a arrancar cuando elevó la mirada hasta el piso de Marie Claire. Su cuerpo estaba volando, cayendo a mucha velocidad, un maniquí desnudo y con los brazos abiertos que se estrelló contra el techo de una camioneta oscura. Murió en forma instantánea, con una sonrisa extraña y los ojos abiertos.

 

domingo, 17 de septiembre de 2017


Pecado

Hola, escribió él al finalizar la tarde. Pasé por aquí a saludarte. Te estaba pensando. El silencio que sobrevino fue corto. Me gusta que me pienses, contestó ella desde el otro lado del mundo, que era su misma ciudad. Sus ojos agatunados se adueñaron, una vez más, de su imaginación. No pensarte sería un pecado, contestó él. Me gusta pecar, agregó, pero no en esto. El silencio, ahora, fue largo.

viernes, 8 de septiembre de 2017


Visita nocturna
 

La mujer anticipó la llegada de su visita.
Se miró al espejo. El pelo corto, ahora teñido de rubio. Los labios del color de la sangre. Voluptuosos. Y, salvo una cadenita de oro en el tobillo izquierdo, nada más.
Sonó un timbre. Luego otro. No dio tiempo para un tercero.
Abrió la puerta y dejó que la visita entrara, cuyo rostro se transformó en sorpresa. Detuvo el gesto de saludo en el aire. Sus ojos bajaron la mirada para descubrir el cuerpo desnudo de su anfitriona. Nunca la había visto así.

Es bella. Es hermosa. Demasiado hermosa. Me habré equivocado, pensó.

Sin embargo, el perfume le envolvió con su abrazo y sus labios recibieron un largo beso de bienvenida. Devolvió el beso casi por instinto, sin saber qué hacer con sus manos.

Nunca le habían recibido así.

Hola, dijo al fin. No esperaba esto.

La mujer de pelo corto solo sonrió, se arregló el pelo con la mano e invitó a su visita a pasar.
 
Me he cambiado el pelo, dijo al pasar.

Te queda lindo, muy lindo, dijo la visita, quitándose el abrigo. Quedaron de frente, en medio de una pequeña sala. No volvieron a hablar con palabras. Solo lo hicieron con los ojos. Y con las manos.

Entre mujeres se entienden bien, incluso sin palabras.

domingo, 3 de septiembre de 2017


Asesina


El encuentro fue en el baño del bar, pasada ya la medianoche. Se besaron con frenesí, sus lenguas chocaron y se enredaron. Él tenía en su boca el sabor amargo del cigarrillo, ella sabía a jazmines. Con un ademán, dejó que sus senos escaparan del vestido. Con otro movimiento más sutil, deslizó el cierre del pantalón del hombre y extrajo su miembro. Lo manipuló con destreza, haciendo gala de su maestría. Se limitó a mirarle a los ojos como el gato que observa atentamente al ratón.


Él se dejó hacer como en un sueño. Cuando supo que estaba por estallar, ella se acercó más y le besó, succionando cada gota de saliva, mientras un torrente blanco brotaba a borbotones y manchaba el piso. Las piernas del hombre comenzaron a temblar, a flaquear. Sintió que la vida se le escapaba, como si con ese beso se le diluyera hasta el alma.


Un instante después, no supo nada más. Todo se volvió oscuro. Su cuerpo resbaló contra la pared y quedó sentado en el piso, sucio de colillas y orines, con las piernas abiertas y el miembro ya flácido salido de su bragueta. Su corazón ya casi no latía.


Ella se arregló el vestido y salió, llevando consigo un brillo nuevo, distinto, en sus ojos negros.

domingo, 27 de agosto de 2017


El anciano general llegó temprano a la cita
A Ana Ribeiro
El anciano general llegó tempano a la cita. Montaba un manso jamelgo pardo, de paso lento y cansino, quizás tan viejo como su jinete. Lo fueron a buscar el domingo de mañana, luego de misa. Le habían prestado unas ropas para la ocasión, una camisa blanca almidonada, un pañuelo de seda, una levita oscura. El general miró esas prendas con algo de desconfianza. Hace mucho que no me visto como la gente de la ciudad, pensó. Ya casi no recordaba el tiempo cuando, siendo un oficial del regimiento de Blandengues, asistía a los bailes de sociedad en la lejana capital engalanado con su uniforme azul que tanto deslumbraba a las damas. Cuánto tiempo ha pasado, se asombró.
Desmontó con cuidado, ayudado por un sirviente de la casa del presidente López. Gracias, m’hijo, murmuró cuando sintió, algo mareado por la cabalgata, que pisaba el suelo pedregoso con poca firmeza. Me siento como en alta mar, cada día las piernas me flaquean un poco más. Será que me estoy volviendo viejo.
Buenos días, don José. La voz que le rescató de su barullo fue la de doña Juana, la esposa del presidente, quien no bien vio llegar al jinete, bajó de la balconada de la casa para recibirlo. El general, luego de palmotear con cariño a su caballo, se apoyó en el bastón y tomó del brazo a la dama para poder caminar sin problemas. Es una hermosa mañana, niña, dijo con un silbido que se escapaba de entre sus vacías encías. Y dentro de un rato va a llover, agregó, al observar unas nubes cargadas que venían del lado del Brasil.
Hoy está su merced muy buen mozo, como para un retrato, lisonjeó la dama al encaminarse con pasos cortos al jardín. Don José, prendido de su brazo, murmuró algo ininteligible. Le habían avisado en la víspera que un artista famoso, venido de Europa, estaba realizando retratos con una técnica nueva, inmortalizando tanto a gente de fama como a simples desconocidos sin lápiz o pinceles. Y para qué quiero yo un retrato, se preguntó el general. Hace un tiempo largo, no recuerdo cuanto, vino alguien de visita y mientras hablábamos, dibujó mi perfil. Yo no le presté atención, mi apariencia hace tiempo que ha dejado de preocuparme. Pero agradecí la charla. En estos veintitantos años, pocas veces he tenido la ocasión de enterarme de las cosas del mundo.
El jardín de la casa del presidente López era muy amplio, con un prado verde de vida bulliciosa a causa de las lluvias, adornado con exuberantes plantas tropicales e ibirá-pitás. Las flores y los árboles crecían casi por capricho. El general, venido por la fuerza de la necesidad desde las más áridas tierras del sur, se asombró al principio por el calor y la humedad, por esas tormentas que se forman en menos de un minuto, descargan su vientre como si fuera el fin del mundo y se rinden frente a un sol abrasador. El ritmo de la vida y la muerte de ese extraño país estaban marcados por las crecidas del Paraná. Los campos anegados, los pueblos aislados, el ganado ahogado. Sin embargo, qué lindo que se está aquí, solía pensar el general, a pesar de las penurias y las miserias.
Así que usted me va a retratar. Bennet, el fotógrafo norteamericano, había instalado sus bártulos al final de un sendero, al lado de una fuente de mármol. Cerca se mecían los sauces. Luego nos tomamos un refrigerio, que mi marido ya está por venir, dijo doña Juana. A esa hora, todavía estaban a la sombra, pero el calor comenzaba a crecer y los moscardones zumbaban desde antes del amanecer. Alto, con el pelo encrespado y largas patillas oscuras, sudando y escurrido dentro de un traje para otra estación, el artista saludó al anciano con una inclinación de cabeza. Le conocía de fama. En su paso por Buenos Aires, donde residió un par de años maravillando a sus lugareños con la novedad del daguerrotipo, y en algunas visitas esporádicas a Montevideo, ya le habían hablado del anciano general, exiliado luego de su derrota, internado en pobres condiciones en tierras paraguayas. El nombre de Artigas todavía se escuchaba en las tertulias. Tanto sus defensores como sus muchos detractores le tenían presente. Comenzaba a ser parte de la leyenda.
Ahora, esa leyenda le estaba mirando con curiosidad. Bennet pudo distinguir unos ojos claros detrás de las arrugas que surcaban su rostro. Alguna vez había sido un hombre alto, de porte fuerte y distinguido. Al final de su vida, el general trataba de mantener su estampa, aunque caminara ya algo encorvado y debiera ayudarse con un bastón. Seguía saliendo a pasear a caballo, solo o con de algún amigo, de los pocos que conservaba. A veces, el presidente y su hijo le acompañaban. Hablaban de los hechos de la política local, recordaban viejas luchas, fumaban y tomaban una copita de ginebra.
Usted viene de lejos, preguntó. En efecto, vengo de Francia, pero nací en Estados Unidos. El general entrecerró los ojos, como si quisiera fijar una imagen en su retina. Algo parecido hacía la cámara de Bennet, solo que ésta captaba, en una placa de metal, imágenes estáticas, momentos irrepetibles. Las imágenes que retenía el general eran también irrepetibles, pero más antiguas, portaban colores casi olvidados, sonrisas de paisanos pobres, indios poco afectos a las palabras, silencios poblados con el rostro de una mujer o de muchas. A los sarrateas hubiera preferido olvidarlos.
El suyo es un país muy interesante. El general recordaba haber leído algunos comentarios sobre las leyes y la sociedad del país del norte. En su juventud, acompañando a un funcionario español cuyo trabajo era demarcar y establecer pueblos en la frontera con Brasil, alrededor del fuego de un campamento improvisado supo de las revoluciones, de los reyes derrocados, de los derechos de los pueblos. Leyes, principios e ideales circulaban y se mezclaban junto a los trozos de asado y generosa ginebra servida en guampas. Yo también conozco su patria, general, donde le recuerdan bien, contestó Bennet mientras culminaba los preparativos para realizar el retrato. El general, con semblante sombrío, miró otra vez las negras nubes que amenazaban desde el este. Yo no tengo patria, murmuró.
Listo, creo que podemos proceder. Bennet estaba regulando el lente de su cámara y trataba de enfocar bien al anciano general. Con eso me va a retratar, preguntó con genuina curiosidad. Habían colocado un sillón de alto respaldo bajo los sauces, donde tomó asiento. Sus ojos, ya cansados, solo distinguían una caja de madera con un agujero y un cilindro en el medio, sobre un pedestal de tres patas y con una lona negra del otro lado, donde el fotógrafo estaba manipulando una placa de metal. Su imagen va a quedar impresa en esta placa, explicó Bennet. La luz entra a través de esta lente y se proyecta en la placa que está impregnada de sustancias químicas y retiene la imagen. Solo tiene que quedarse quieto unos pocos minutos hasta que el proceso culmine.
Bennet se inclinó en la parte de atrás de la cámara, se puso la lona sobre la cabeza y los hombros para evitar que se filtrara luz, miró a través del visor y enfocó al general. Del otro lado, la imagen de un anciano distinguido, ya algo escaso de cabello en lo alto del cráneo, pero abundante a los costados, que caía como algodón sobre el cuello de la levita, con el rostro surcado de arrugas, curtido y endurecido por los años a la intemperie y adornado de largas y blancas patillas se fue formando sobre la placa.
Y le gusta este país, tiene pensado quedarse mucho, preguntó el general, mirando hacia el horizonte. No mucho, contestó el artista. En realidad, estoy de paso, mi destino ahora es Caracas. Luego de unos años en Buenos Aires, ya no me queda nadie a quien fotografiar, bromeó. El general recordaba todavía su corto paso por esa ciudad, cuando ofreció su espada al nuevo gobierno criollo para librar batalla al otro lado del río. No se pusieron de acuerdo, aspiraban a destinos contradictorios y al corto tiempo eran sus espadas las que chocaron.
Y usted por qué se ha quedado, preguntó Bennet. El anciano general entrecerró los ojos. De vez en cuando le venían ensoñaciones, rumores de los tiempos idos. Podía ver con claridad a sus queridos charrúas y guaraníes. Con ellos, con los gauchos libres, los contrabandistas de la frontera y con los negros libertos se entendía bien, mejor que con la gente de la capital. Por qué me he quedado, se dijo en voz baja, casi en un susurro. Todavía recordaba el desaliento al cruzar la frontera, derrotado y perseguido por antiguos aliados, pedir refugio y encontrar la desconfianza y la confinación decretada por el Supremo Dictador y los años sobreviviendo en Curuguaty con lo justo. Si entonces me iba, no tenía donde encontrar refugio. Si hoy lo hiciera, tampoco. No sé qué haría en un país que no es el mío, donde mis paisanos no se entienden entre sí. Aquí, entre estos sauces, estoy en casa.
Por un instante miró al artista escondido bajo la lona. Quizás en otra época envidiara su libertad. Me quedé, le contestó, porque le prometí al doctor Francia que no me iría, ya que él fue muy generoso al darme un estipendio. Y he cumplido.
Listo, ya hemos terminado, su excelencia, dijo Benet luego que comprobara que el proceso se había concluido. El general comenzó a ponerse de pie con la ayuda de su bastón. Qué excelencia ni qué carajos, dijo casi con una sonrisa más parecida a una mueca. Puede guardar esos títulos para otras personas, m’hijo. Y ese retrato, cuando lo podré ver, preguntó. Bennet tartamudeó un poco. Mañana en la tarde se lo puedo alcanzar a su casa. No será necesario, intervino la esposa del presidente. Tráigamelo junto al resto de los retratos que yo me encargo de llevárselo al general. El anciano la tomó del brazo y con paso lento se alejaron en dirección de la casa, no sin antes despedirse del artista y desearle un buen viaje. Ya comenzaban a caer las primeras gotas.
El destino de los objetos es siempre incierto. El daguerrotipo pasó por tantas manos, fue de mucha gente y de nadie, que su rastro se ha perdido. Como tantas cosas.
 
Nota: publicado en “El monje y la pulga” y otros relatos, (V Premio de Hislibris), editado por Ediciones Evohé, España, 2013.

sábado, 19 de agosto de 2017


La carta de Tomás

 

El cardenal avanzó por el pasillo del palacio, precedido por un guardia armado que portaba una luz. Había rechazado la compañía del camarlengo. El asunto que traía requería del menor número de testigos posible.

Era de madrugada, no habían llamado todavía a laudes. El sol tardaría un par de horas en romper la oscuridad de la noche. Ya se anticipaban los rigores de un invierno que se estaba anunciando en los campos y en las ciudades. La gente se aprovisionaba de leña, de cabos de vela, de alimentos y abrigos, que nunca eran suficientes. Miles morirían de frío, otros tantos de hambre.

A pocos pasos de su meta, el cardenal ordenó al soldado detenerse y esperarle. Nadie, salvo él mismo, tenía permiso para pasar. Tomó la trémula luz, pegó contra su pecho la carpeta de cuero que traía consigo y se aproximó a la puerta. Golpeó con los nudillos una o dos veces, con mucha suavidad. No obtuvo respuesta. Con el sigilo de un ladrón abrió la puerta, entró y la cerró a su espalda.

El dormitorio estaba sumido en la penumbra. Le alumbraba solo la escasa luz que provenía de la estufa, cuya brasa todavía no se habían terminado de consumir. Era poco lo que se podía distinguir en la oscuridad, pero el cardenal conocía de memoria ese lugar: dos sillones junto a la estufa, separados por una mesita baja, la silueta de un escritorio cerca de la ventana, cubierto de papeles, documentos, sellos y un crucifijo de oro, una alfombra mullida y rica en arabescos. Cruzó el dormitorio sin prisas. Al otro lado, en lo más oscuro de esa estancia, se adivinaba una cama grande detrás de un cortinado de terciopelo que colgaba de un dosel. Había ropa tirada junto a la cama y sobre una silla. Y la vajilla de porcelana en una bandeja junto a una pata de la cama atestiguaba los restos de una cena suculenta. Detrás de la cortina se podía sentir un ronquido sordo.

-          Su Santidad… - murmuró el cardenal.

No obtuvo respuesta, salvo otro profundo y prolongado ronquido. El cardenal no se inmutó. Estaba acostumbrado a despertar al Papa a cualquier hora que fuese necesario. El gobierno de los Estados Pontificios y de la Cristiandad no conocía de lugares ni de horarios. En especial si el tema que traía entre manos era de una urgencia tal que debía ser resuelto con premura.

Repitió el llamado, precedido por un sonoro carraspeo. El ronquido al otro lado del cortinado de la cama se interrumpió. El cardenal sintió el murmullo del roce de las sábanas e imaginó al Papa saliendo pesadamente de su sueño, abriendo apenas los ojos para adivinar el resplandor de la vela que portaba el cardenal y chasqueando la lengua reseca.

-          Ah, eres tú, Giovanni…

El cardenal mantuvo su distancia y un discreto silencio. Sintió que el Santo Padre se incorporaba en la cama y que daba una orden seca. Alguien bajó por el otro lado, amparado en la oscuridad. Al tiempo que encendía otra vela para iluminar mejor la estancia, el purpurado percibió una sombra que desaparecía por una puerta escondida detrás de un tapiz veneciano. No pudo distinguir si era una monja o un joven novicio.

-          Te hemos estado esperando con impaciencia.

La voz del Sumo Pontífice surgía como desde el fondo de una caverna. Corrió el cortinado con una mano y quedó un instante tendido en la cama, casi despatarrado, cubriendo con un pliegue del edredón de plumas aquello que, con seguridad, fuera objeto de devota dedicación por parte de su invitado nocturno.

-          Los trabajos del traductor recién han terminado, Santidad.

¿Cómo es posible que este hombre no sienta frío?, pensó el cardenal, al tiempo que el Papa se levantaba no sin dificultad de la cama y cubría su desnudez con un albornoz otrora blanco, ahora manchado con alguna salpicadura de vino y otras sustancias no identificables. Era conocido por su vitalidad, por lo bien que llevaba su cincuentena, dedicados con ahínco y vigor a la guerra y al servicio de la Santa Iglesia. Pero los años de sacrificios por defender la Verdad de los embates de los enemigos de la Iglesia comenzaban a hacerse sentir: un ligero, casi imperceptible temblor en la mano derecha, los cabellos que comenzaban a tornarse del color de la ceniza, un esfuerzo cada vez mayor para mantener firme y enhiesto su rigor viril.

Se levantó de la cama, enfundó sus pies en unas pantuflas afelpadas y caminó hasta el biombo, al otro lado de la habitación.

-          Giovanni, hazme el favor, enciende algunas otras velas y echa un leño a la estufa, que la noche se ha puesto fresca y debes sentir frío.

El cardenal cumplió la orden mientras el Papa terminaba de orinar.

-          Y sírveme una copa de vino, que he despertado con el sabor amargo en la boca.

No habían pasado cuatro meses todavía, cuando a oídos del cardenal llegó la noticia proveniente de sus espías: los documentos estaban llegando de Oriente. La pista había surgido casi por casualidad dos años antes. Un agente de la Iglesia al servicio privado del Cardenal, quien trabajaba encubierto bajo la personalidad de un mercader de telas, en su recorrido por los puertos del Mediterráneo oriental, casi vedados para los cristianos luego de la jornada de Lepanto, supo de un monasterio consagrado a San Gabriel, en el corazón del Turco, que guardaba entre sus reliquias un antiguo texto, copia, a su vez, de otro más antiguo y esquivo. Si las fuentes eran confiables, el original databa de los mismos comienzos del cristianismo. Los monjes, para preservar la seguridad del mismo, negaban la existencia de ese documento, pero se sabía que lo guardaban celosamente en su biblioteca. Todos los esfuerzos que el Cardenal hizo para persuadir a los monjes de entregarle ese texto fueron infructuosos. De nada sirvieron las ofertas de apoyo económico o el invocar la autoridad del Papa. Los monjes se mostraron inflexibles respecto de confirmar la existencia misma del manuscrito. No hubo más remedio de recurrir a otros métodos más drásticos.

Era fama que el único texto conocido de igual signatura versaba sobre la Vida de Jesús, uno que, como muchos, había quedado fuera de la lista oficial en Cartago y Alejandría. Se le conocía de referencias hechas por algunos Padres de la Iglesia, pero ninguna copia había sobrevivido a la quema y la incautación. Este otro, sin embargo, era distinto y controversial. Los monjes habían hecho bien en cuidarlo durante siglos. Hicieron su trabajo con tanta maestría, que a la Santa Madre Iglesia le había llevado también siglos para enterarse de su existencia. Pero no fue tan lenta al momento de hacerse de la única copia, guardada con celo en los recovecos de la biblioteca del monasterio. Los ladrones a sueldo del cardenal, sin embargo, nunca lograron ver el original ni supieron dónde podía estar escondido.

Esa copia robada viajó a Occidente hasta llegar a manos del cardenal Giovanni. Se trataba de unos papiros antiguos, escritos en copto, a los que les faltaban algunas partes comidas por las polillas o el tiempo. Sin pérdida de tiempo, Giovanni asignó al padre Josephos, que provenía de Alejandría y conocía el idioma de los cristianos coptos, para que tradujera el códice. Le hizo jurar, también, mantener el más absoluto silencio respecto de su trabajo y de su contenido. Le trasladó a una austera habitación en su propio palacio y le hizo vigilar día y noche.

-          Dominus vobiscum, Giovanni.

-          Et cum spiritu tuo, Su Santidad… - contestó el cardenal, entregándole una copa de vino.

-          ¿No me acompañas? Ah, es verdad: salvo el vino consagrado, tú no bebes… ¿Esos son los documentos?

El cardenal había dejado la carpeta de cuero sobre la mesa, antes de poner un leño en la estufa y servirle al Papa su vino. Se apresuró a hacerse con la carpeta mientras el Vicario de Cristo tomaba asiento en uno de los dos sillones, dándole la espalda.

-          Aquí están los documentos, Santidad, y esta es la traducción – dijo al entregarle unos papeles. - Debo hacer la advertencia de que su contenido va a turbaros mucho.

-          ¿Ya lo has leído, Giovanni?

-          Sí, he debido hacerlo mientras el traductor avanzaba en su trabajo.

-          Bien… - dijo el Papa, sorbiendo el vino que sobró de su cena y comenzando a leer los documentos que el cardenal le alcanzó.

-          Toma asiento delante de mí, Giovanni. Disfruta de este hermoso calor… - ordenó el Papa, al tiempo que el cardenal se acercaba a la estufa para calentar sus manos. Obedeció la orden y observó que el Papa tenía alguna dificultad para leer. Parecía no poder concentrar bien la vista, alejaba los papeles o los acercaba para tratar de descifrar la caligrafía del padre Josephos. Solo se interrumpió para tomar un largo trago de su vino.

-          Tomás, el Mellizo… - dijo, levantando la vista de los papeles y clavándola en el cardenal.

-          Sí, Santidad, él mismo.

-          Debo confesarte sin ninguna vergüenza, que desde el momento en el cual me comunicaste el hallazgo de estos papiros y del posible contenido, no he podido dormir bien y mi buen juicio para manejar los asuntos de la Cristiandad está envuelto en una bruma. Un texto auténtico, firmado por Santo Tomás, sí que es para ver y creer… Pero antes hazme el favor, Giovanni, de ponerme en antecedentes. ¿Son reales estos documentos? ¿No son otra falsificación, otra de las miles que circulan en la Cristiandad?

-          Su Santidad, si bien es cierto que están circulando en nuestras comunidades más clavos que aquellos que se usaron para colgar a Cristo de la Cruz y tantas astillas de la Vera Cruz como para fabricar varias de ellas, por la procedencia de estos papeles puedo aseguraros de que son reales. Es una copia fidedigna de una carta redactada por Santo Tomás, en su estadía en Oriente Lejano.

-          Esto confirmaría, Giovanni, muchas cosas…

-          Es verdad – respondió el cardenal -, muchas dudas y suposiciones que los Doctores de la Iglesia han tenido por siglos podrían tener una respuesta si este documento ve la luz…

El Papa le interrumpió con un gesto. Era evidente que no estaba disfrutando la lectura.

-          “Yo, Judas Tomás llamado el Mellizo, hermano de Jesús y su discípulo, les saludo desde el camino de Kerala…” ¿Hermano de Jesús? Extraña manera de presentarse. ¿De quién sería mellizo Tomás…? - Siguió leyendo en silencio, solo interrumpido por algún acceso de tos. - Gondofares… ¿Lo conocemos, Giovanni?

El cardenal se levantó, calentó sus manos en el fuego y se aclaró la voz antes de contestar.

-          Gondofares había sido un rey en un pueblo que llamaban Kabul. Dice la leyenda que Tomás llegó a la corte de este rey luego de haber sido capturado y vendido como esclavo. Son realmente pocas las cosas que conocemos de Santo Tomás, pero la tradición dice que evangelizó en la India. Este texto lo comprueba, Santidad. Está escrito en el sur de ese país y fue dirigido a una comunidad cristiana en Kabul, en el norte, en medio de las montañas. Al parecer, este rey Gondofares le recibió y le liberó luego de escucharle hablar sobre Cristo nuestro Señor.

-          Debe haber sido un hombre elocuente, nuestro Tomás, ¿no te parece, Giovanni? Una persona así nos sería muy útil en estos días de depravación y desviación de las doctrinas de nuestra Santa Iglesia. Sobre esa mesa tengo algunos escritos que estoy preparando para combatir la herejía. Ya no se trata solamente de usar las armas de fuego, los arcabuces y la pólvora… Ya no es suficiente el miedo que infunden nuestros inquisidores. Es necesario difundir la palabra de la Santa Iglesia para erradicar la peste de la herejía. Junto al brazo secular debe estar la palabra de Dios. Sí, Tomás nos hubiera sido muy útil en estas circunstancias.

Volvió a la lectura. El ceño fruncido y el gesto para que el cardenal le sirviera más vino era una muestra que aquello no le gustaba. El cardenal tomó asiento una vez más, acercó el sillón un poco al fuego, se acomodó lo mejor que pudo y esperó.

Pasaron quizás cinco minutos. El Papa desvió la mirada de la lectura. Había repasado el escrito varias veces.  Con la mente quizás a miles de leguas de donde él se encontraba sentado, sorbió un poco más de su vino y se encerró en un extraño mutismo, con lo ojos clavados en las llamas de la estufa.

-          El vino está amargo, Giovanni… - murmuró al cabo de un rato, casi hablando consigo mismo.

-          Lo sé bien, Santidad.

El Papa desvió sus oscuros ojos del fuego y los clavó en el cardenal. Su mirada había cambiado. Ya no era el hombre que gobernaba con mano firme la cristiandad, a cuyos pies se postraban reyes y emperadores. El de esa hora helada de la madrugada solo era un hombre con miedo.

-          Giovanni, ¿tú leíste esto? ¿Lo leíste bien? – preguntó el Papa.

-          Sí, Santidad, lo leí bien. Y comparto vuestro temor – respondió el cardenal.

-          Es mucho más que simple temor lo que siento, Giovanni. ¡El edificio entero de la Santa Madre Iglesia se puede derrumbar como un castillo de naipes barrido por la brisa si este documento es conocido! – gritó el Papa, con la voz quebrada, y leyó en voz alta. – “Le vi por última vez en el cruce de caminos, bastante lejos ya de Damasco. Él, con sus heridas todavía doliendo y rodeado de tres discípulos y varias mujeres, tomó el camino que le conducía a la morada de la nieve. Yo me interné en el desierto del sur. Nos despedimos con dolor ya que sabíamos que no nos volveríamos a ver…” Todo el palabrerío, los sermones y consejos están bien… pero ¿cómo podríamos aceptar que Tomás escriba que recuerda la última vez que vio a nuestro Señor en medio de las montañas, como si nuestro Jesús, el que todos conocemos y veneramos como Hijo de Dios, no hubiese muerto muchos años antes de ello y jamás hubiera viajado fuera de Judea?

El cardenal guardó silencio un instante. Luego de ello, habló.

-          Su Santidad sabe bien que no tenemos seguridad de que eso fuera así… - Su voz sonaba calmada, hasta fría. En otras circunstancias, esas solas palabras hubieran bastado para que el cardenal fuera condenado a la hoguera. Pero él sabía que de esas cuatro paredes no iba a salir ni el eco de esa conversación. - Los escritos que hemos mantenido ocultos, de los primeros doctores y estudiosos, no mencionan la muerte y resurrección de Cristo. Las copias que guardamos de cartas, epístolas y evangelios atribuidos a nuestros Santos no le mencionan levantándose de su tumba. Alguno, incluso, juega con la idea de la resurrección como si hubiese padecido una enfermedad y se hubiera recuperado de ello, pero no mencionan la ascensión a los cielos. Y muchos viajeros de Oriente en todos estos siglos han traído noticias de leyendas que cuentan la historia de un hombre extraño que vivió en esos lugares hasta morir, al que le atribuyen poderes divinos y que no dudan en identificar como Jesús… nuestro Jesús Cristo.

-          Sí, Giovanni, yo lo sé bien, y tú lo sabes bien… ¡pero ellos no! – contestó el Papa, señalando con su trémula mano a la oscuridad. – Somos conscientes que hay muchos agujeros en la historia, demasiados espacios vacíos y contradicciones que hemos llenado con nuestros dogmas, con algunas medias verdades y muchas mentiras completas. Nos ha servido bien la leyenda de Jesús. Pero un texto auténtico, que ratifique lo que muchos sospechan, es otra cosa muy distinta y peligrosa. Sería el fin de la Santa Iglesia y de la Cristiandad. Solo imagínate la escena: reunimos a los reyes, a los príncipes, a los emperadores de Occidente, de Oriente, a todas las putas, pervertidos y proxenetas de cada rincón del planeta, y les anunciamos con la mayor solemnidad posible que Jesús, el Mesías, el hijo de la Virgen, el que vino a redimirnos de nuestros pecados, no murió en la Santa Cruz, no retornó de entre los muertos ni ascendió a los cielos sino que sobrevivió a sus heridas, huyó de Judea hacia el este y se encaminó a terminar sus días en las montañas del norte de la India…

-          Es probable – sonrió el cardenal – que les estuviéramos diciendo la verdad.

-          ¿La verdad? ¿La verdad? Nadie puede manejar la verdad. ¡Nadie puede vivir con la verdad! En especial si esa verdad es el mejor vehículo para nuestra destrucción.

El cardenal se levantó, tomó con cuidado la carpeta y con paso lento se dirigió al escritorio del Papa.

-          Ya me puedo imaginar a los Sarracenos quienes, aprovechando la debilidad de nuestros ejércitos por la falta de una Fe Verdadera en la cual creer y que les sostenga en la batalla, arrasen nuestras tierras asesinando y violando e instalando una mezquita en San Pedro… - dijo el Papa, luego de un acceso de tos.

El cardenal buscó en el escritorio los elementos que necesitaba. No era fácil habida cuenta de la cantidad de papeles y documentos diseminados sin orden alguno sobre la superficie del mueble. Al final, encontró lo que buscaba.

-          Nadie debe conocer esto, Giovanni, nadie… La existencia de la Santa Madre Iglesia depende de que estos papeles no vean la luz del día.

-          Son sabias vuestras palabras, su Santidad. Nadie debe conocer esto.  Un secreto entre dos es un secreto compartido con demasiadas personas.

-          ¿Quiénes están al tanto de esto? -, preguntó el Papa, en medio de otro ataque de tos.

-          Solo tres personas, Santidad. El traductor, vos mismo y yo… - contestó el cardenal, mientras calentaba la cera bajo el fuego de una vela. – En realidad, a esta hora ya somos solo dos, Santidad…

-          Bien, Giovanni, bien… Dime, ¿cuántas copias hay de este documento?

-          Existe solo una copia de esos documentos y es la que tenéis entre manos, Santidad – mintió.

El cardenal cerró bien la carpeta, que guardaba los papiros originales en copto y la traducción hecha por el padre Josephos, y aplicó la cera en tres lugares distintos. Luego procedió a sellarla con el signo del Papa, de manera que solo otro pontífice estuviera autorizado a abrir la carpeta. Donde el cardenal había planificado depositarla, era probable que pasaran varias centurias antes que volviera a estar en el escritorio del Vicarius Christi.

Esperó unos momentos a que la cera se enfriara. Mientras tanto, el Papa tuvo otro acceso de tos, más violento que los anteriores. Por un momento parecía que estuviera a punto de dejar sus pulmones sobre la mesa. De repente, un quejido sustituyó la tos. Luego el silencio. La copa rodó por la alfombra hasta la estufa.

Ya está, pensó el cardenal. Consummatum est.

Tomó la carpeta y se acercó al Papa. Un hilo de baba le corría por la comisura de los labios y el mentón. Sus ojos abiertos miraban al vacío. El cardenal se los cerró, tomó los papeles que todavía mantenía apretados con un puño, se acercó a la estufa y los echó al fuego. Luego recorrió la habitación, apagando las velas.

Antes de salir, el cardenal anticipó algunos cambios en el mobiliario de la misma, por si fuera investido como Vicario de Cristo. Detestaba los tapices venecianos, pero más aún las puertas que estos ocultaban.

-          Teníais razón, su Santidad: el vino estaba un tanto amargo – murmuró en forma lacónica.

Cerró la puerta detrás de si y desapareció por el corredor, precedido por el guardia que portaba la luz.